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Nuevas Tecnologías

LAS BRECHAS DE LA VIRTUALIDAD

El francés Michel Serres es uno de los pocos filósofos optimistas sobre el futuro. En este reportaje desmiente que las nuevas tecnologías ahondarán las brechas culturales.
MICHEL ALBERGANTI

Las nuevas tecnologías son flamantes en su realización, pero muy antiguas en lo que hace a sus objetivos. Al igual que la escritura y la imprenta, han afectado todas las prácticas sociales. Esta es la visión del filósofo francés Michel Serres.

—Muchos filósofos, en relación con el desarrollo de la virtualidad, alegan la pérdida de contacto con la realidad y la alteración de los vínculos sociales. ¿Qué opinión tiene?

—Pensemos en Madame Bovary, que se aburre en Normandía mientras su marido visita a sus pacientes. Ella hace el amor más seguido en sus fantasías que en la realidad. Es enteramente virtual: Madame Bovary, de hecho, es la novela de lo virtual. Cuando leo éste o cualquier otro libro, también yo entro en el mundo virtual. La virtualidad parece ser creación de las nuevas tecnologías, pero en verdad nació con Aristóteles. El carácter moderno del término es sólo aparente. En tanto hombres, somos animales virtuales. Mientras hablo, una parte de mis pensamientos está en lo que tengo que hacer después, otra en mis cursos de Stanford, otra recuerda un viaje reciente... De hecho, la mayoría de nuestras tecnologías son virtuales.

—¿Qué distingue lo virtual ''nuevo'' de lo virtual tradicional?

—¡Casi nada! Se dice que los jóvenes están todo el tiempo en el ámbito de lo virtual y que eso los debilita... En nuestra generación, por ejemplo, todos estaban enamorados de estrellas de cine que nunca pudieron abrazar más que en imágenes. Lo virtual es la esencia misma del hombre. Desde el siglo VI a.C., cada vez que un geómetra trazaba un círculo o un triángulo en el suelo, agregaba: ''Atención, esta figura no existe, no se trata de ésta, ¡no es la verdadera!'' ¿Dónde está la verdadera? No se sabe. Se creó así un cielo de ideas, enteramente virtual. El mundo de las matemáticas es real, pero lo es con un estatuto bien determinado, de ausencia.

—Todo esto, entonces, no le parece en absoluto nuevo...

—En realidad, se puede distinguir entre los argumentos ''en contra'', de los que no se advierte hasta qué punto son viejos y reiterativos, y los argumentos muy poco comunes que, en efecto, son específicamente modernos. Entre las críticas más repetidas está, por ejemplo, la masa de información cuya vastedad no podemos asimilar. Suelo usar una cita de Leibnitz: ''Esta horrible cantidad de libros impresos que llega todos los días a mi mesa seguramente va a restablecer la barbarie y no la cultura''. Leibnitz dijo eso en el siglo XVII a propósito de la imprenta y las bibliotecas. Nadie leyó toda la Gran Biblioteca, como así tampoco la del Congreso de Washington. Pero sí lo hizo el sujeto colectivo que se llama ''nosotros'', la humanidad. No hay ni un solo libro que no haya leído absolutamente nadie. También sería necesario que aquéllos que manipulan esos argumentos ultraclásicos supieran algo de historia, algo de historia de la ciencia y de la técnica y un poco de filosofía. Eso los tranquilizaría de inmediato.

—Muchos políticos e intelectuales denuncian los peligros de una brecha digital. ¿Qué cree usted?

—Pensemos en la educación. Nunca se compara la brecha que podrían crear las nuevas tecnologías con la que ya existe sin ellas, y que precipita a los más pobres en una completa ignorancia y educa con un costo muy elevado a los alumnos de Harvard. ¡En comparación con esta brecha, la que podría generar la digitalización parece muy justa! En efecto, la inversión que suponen las nuevas tecnologías no es superior a la que aceptaron los más pobres en la época en que compraron el televisor. Por lo tanto, no veo cómo la tan mentada brecha digital podría profundizar la brecha que ya existe en la actualidad. En cuanto a la brecha cultural, pensemos en la televisión: ésta aportó más cosas a la gente de bajo nivel de educación que a quienes tenían un nivel educativo alto. Por otra parte, los que la critican son aquéllos que tienen un nivel cultural alto. El tema son siempre los costos. Y el que suponen las nuevas tecnologías resulta insignificante en comparación con el de las viejas.

—¿Qué es lo que van a cambiar?

—La sociedad, en buena medida. Como pasa con cada tecnología nueva. Es un lugar común entre los historiadores decir que cuando apareció la escritura, ésta afectó la ciudad, el Estado, el derecho y, probablemente, el comercio. Gran parte de las prácticas sociales de las que somos herederos son producto de la escritura. Para no hablar del monoteísmo, la religión de lo escrito. La invención de la imprenta originó transformaciones que llevaron a nuevas formas de democracia, nuevos derechos, nueva pedagogía. Es en ese tipo de prácticas sociales donde también se puede esperar un cambio profundo.

—Usted es un optimista, suele hablar de un nuevo Humanismo. ¿Pero la gente está preparada para este cambio?

—No lo sé. Pero sé que quienes crecieron en la época del homínido Lucy, demostraron estar en condiciones de pilotear un avión a reacción milenios más tarde. ¿Cómo un órgano que, según el punto de vista darwinista, era apto para caminar por un bosque, puede servir para conducir un vehículo y ver desfilar imágenes? A pesar de ello, pasamos de trasladarnos a pie o a caballo a hacerlo en auto en sólo cincuenta años. Y no usamos más que un 20 o un 25% del cerebro. ¡Tenemos que despertar! Por lo demás, nos olvidamos de una de las grandes leyes de la tecnología, que es la que yo llamo la inversión de la ciencia. ¿Qué es la ciencia? La ciencia es lo que el padre enseña a su hijo. ¿Qué es la tecnología? Es lo que el hijo le enseña al padre. En la actualidad, no sé de ningún adulto más o menos apegado a la tradición que no haya aprendido a usar un grabador gracias a que su hijo se lo enseñó. Esto anula el problema de la asimilación. ¿Cómo un niño de once años puede enseñarle el funcionamiento de un aparato complejo a un adulto egresado del Politécnico? Hay que concluir que la tecnología no es tan difícil. En términos de evolución darwinista, este fenómeno se llama neotenia. Es invención de un biólogo holandés de principios del siglo XX, que sostenía que la evolución se daba en el sentido de un rejuvenecimiento del embrión. El hombre no parece un chimpancé más viejo, sino un embrión de chimpancé más joven..
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